Después de dos meses de escuchar miles de lenguas, de aprender un poquito de italiano, de asombrarme con el catalán, de no comprender nada del francés e intrigarme por el alemán, por acá se escuchan otras voces. Que me marean, que me cansan, la voz de la queja, se ha hecho tan normal... la voz del partido, la voz de la insatisfacción. Daría todo, por no comprenderles, para que no me amarguen con pronósticos inconclusos (aún ni con el clima nos sale). Daria todo, para mirarlos como miraba a los asiáticos en grupo,con cara de nada, dándome cuenta que entre su lengua y la mía hay un mundo,